TEOLOGÍA, por Danny Romero Mas

 

Autor: Danny Romero MasFacebook | Instagram
Título del relato: Teología
Género: sátira social
Extensión: 2606 palabras
Imagen: perteneciente al catálogo de Flick, libre de copyright
 
 
 
 
 
 
Teología
 

Capítulo primero: Teo va a la escuela
Teo fue a la escuela, Teo fue al zoo, Teo fue al parque, Teo fue al circo. Ahora Teo está cansado. Fuimos unos egoístas con él. No supimos ver, no quisimos ver que él también crecía, que era un ser humano y que tenía sentimientos. Para educar a generación tras generación, Teo fue a muchos lados, repitiéndolos en forma de bucle, como si se tratara de un castigo de Zeus. Como un moderno Prometeo, condenado a un castigo eterno. Teo va aquí, Teo va allí, hasta que acabó hasta la polla y lo dejó todo. 
  Harto de que solo se viera el lado amable de su vida, se agotó de tanta hipocresía 
 ¿Teo va a la escuela? Sí, sí, muy bonito, pero lo que nadie cuenta es que todos los niños se reían de Teo por su incipiente obesidad. Encima su madre le obligaba a ponerse siempre esa ridícula ropa que más bien le hacía parecer un payaso. A él, que en el fondo siempre se sintió una niña y deseaba ponerse un vestido; pero no, él siempre tenía que ser el puto Teo para todo el mundo. Que si Teo allá, que si Teo allí, anda y que os den por el culo a todos, pensaba él. Teo y su Familia, uno de los capítulos de más éxito. Hijos de puta… no hablaban de que Pep, su padre, le daba al drinking cuando nadie le veía y tenía atemorizada a toda la familia cuando se emborrachaba. O que Pau, su hermano mayor, era un sádico déspota con el síndrome del Príncipe Destronado que torturaba a Teo cuando se quedaban a solas. O que Rita, la madre de Teo, tan buena de cara a la galería, en realidad era una zorra que se tiraba a todo el vecindario. Sí, sí, Teo va a la feria, Teo va a la granja, Teo va de camping o Teo va a casa els avis. A casa els avis dicen, me cago en la puta. Su abuelo con un síndrome de Diógenes de caballo, que no tira nada y solo hace que acumular trastos y mierda por toda la casa, que no se puede ni caminar ¿Y la abuela? Todo el puto día en el sofá, ante la tele viendo Tele 5. Y que me decís de su tío, l´oncle Lluís, reputado profesor en los Maristas e intelectual, sí, el mismo que se llevaba a Teo a un lugar apartado durante sus visitas y le tocaba los genitales, le daba besos y le decía que todo eso estaba bien. Atajo de hipócritas gentuza, de chusma. No, amigos y amigas, todo eso no sale en la historia oficial de Teo. Todo es mentira, es una conspiración teológica. Una falsa creencia. 
  Ahora Teo está solo. 
 Teo encierra una homosexualidad que no se atreve a mostrar, y Teo se enfrenta a un mundo desalmado y cruel. Y Teo se hace mayor, y Teo sufre fracaso escolar y apenas tiene el graduado escolar, ese graduado escolar que ha colgado en la pared de su minúsculo comedor de su minúsculo piso de alquiler como si fuera un flamante cuadro del que se siente orgulloso. Y Teo tiene curros de mierda. Teo es mozo de almacén, Teo es reponedor. Teo trabaja haciendo de Ronald McDonald en el McDonald´s. Pero los curros le duran poco y Teo va a la Inem para luego Teo cobrar el paro. Teo también ha pedido la ayuda no contributiva de los 425 euros. A veces Teo va a Cáritas a que le den productos básicos. Teo tiene novias de mentira que le dejan a los pocos meses llamándole maricón. Y Teo va de putas. Va de putas porque así cree que encontrará su hombría y virilidad, pero no, ni así. A Teo le van los rabos y ha de aceptar que es gay. Así que Teo va a cuartos oscuros de esos y se lo hace con todo dios. A Teo le gusta que le den fuerte y tragar grandes pollas. Pero Teo se siente desgraciado, todos los tíos gays de más experiencia le utilizan como a un muñeco roto, y, aparte de partirle el ojete, le parten también el corazón. Teo no sabe lo que es el amor, no encuentra su lugar en el mundo. Y Teo comienza a beber como lo hizo su padre que murió de cirrosis. Y Teo tontea con los porros. Teo se deja rastas y va a conciertos de Manu Chao hasta arriba de maría, hasta que se cansa de tanto buen rollito y tanta tontería multiétnica. Y Teo se deja una gran cresta naranja y se va a conciertos de punk a bailar pogo y a liarla parda. Pero también se cansa de esa ridícula pose anti-sistema. Y Teo enfunda su cabeza en una capucha y se mete en el mundo de las raves a vender speed y MDMA a los chavales que parecen zombies. 
  Y así, Teo cae en el mundo de las drogas: farlopa, éxtasis, ketamina, ácido, Teo se mete de tó. Hasta que al final pasa lo inevitable: Teo se mete un pico. 
  Teo va al Crash Converters a vender todo lo que puede para pillar jaco. Lo vende todo menos el marco con su graduado escolar. Lo único que valora en la vida, del esfuerzo que le costó conseguirlo. Al final Teo es desahuciado de su minúsculo piso por impago. Teo es okupa. Teo vive en una cochambrosa comuna de perro flautas y yonkis, desarraigados de la sociedad. Teo es un paria, un despojo. Teo cree que es más triste pedir que robar, así que Teo se pone a mendigar en la puerta del Mercadona hasta que la banda organizada de rumanos mendigos de la zona le amenaza para irse. Así que Teo, que tiene un amigo senegalés, comienza a vender camisetas de Messi y Ronaldo en el top manta del Moll de la Fusta, pero un día hay una redada, pierde todo su material y encima recibe un golpe de porra de un madero. Teo está desesperado, hasta duda si añora su falsa vida anterior, volver a ser aquel personaje feliz y enrollado de los libros. Pero cuando a Teo ya no le podía ir peor en la vida conoció a Favio, un hombre gay que le sacaba casi 20 años, y Teo se enamoró perdidamente, Teo encontró el amor y la estabilidad con ese señor del Piamonte que lo colma de comprensión y cultura. Pero una vez más el destino se cebó con Teo y una tarde pilló a Favio con otro hombre en la cama. Esa fue la estocada final. Teo ya no puede soportar más su decadente existencia. Y Teo se encierra en una habitación de hotel con un coctel de opiáceos, drogas y alcohol para someterse a una eucaristía de autodestrucción. 
 Teo se suicida. 
 Y como Nietzsche dijo: «Dios ha muerto, y nosotros lo hemos matado». Teo ha muerto, nosotros le matamos.
 
Capítulo segundo: Teo va al psiquiatra
Abro los ojos. Estoy aturdido, ¿dónde estoy? Me duele horrores la cabeza. Ah sí, ahora comienzo a entender: estoy en una cama, tengo unos tubos en los brazos, es una habitación de hospital. Ya veo que no lo conseguí, no he muerto. Joder, no sé ni suicidarme. He de salir de aquí cuanto antes, he de volverlo a intentarlo. Me incorporo, no puedo, estoy débil. Veo entrar a dos siluetas de blanco, se acercan a mí. El doctor me hace preguntas estúpidas y me examina las pupilas, como si ahí pudiera encontrar mi alma, qué gilipollas. Mientras, la enfermera revisa el suero. Me dicen que tengo suerte de estar vivo, que por poco la palmo. Era justamente eso lo que deseaba. Nadie entiende nada de nadie. Piden que haga reposo, estaré unos días en el hospital. 
  Nadie viene a verme. Renuncié a ser el Teo que todos querían. Mi cuerpo mejora, me dicen que vaya a una consulta en el mismo hospital, planta 3. Allí que voy caminando torpemente con mi bata de hospital. Leo un letrero, “Área de Psiquiatría”, pone. Teo va al psiquiatra. Vaya ironía, me digo, cómo he acabado. Me siento delante de un señor que parece haber estado en ese despacho toda su vida y que jamás ha visto la luz del sol. Me da miedo. Lentamente me acribilla a preguntas y luego me hace el test de Rorschach, ese de las manchas. Luego me somete a la valoración de Hamilton, que dicen, permite evaluar la escala de la depresión. Yo solo pienso en salir de este infierno y tirarme al tren. 
  Regreso a mi solitaria habitación. 
  No tengo compañero, no tengo libros, ni música, ni dinero para la televisión. Recuerdo las únicas frases sueltas con sentido que me dijo antes el psiquiatra: crisis existencial, seguir adelante superando mis traumas y fracasos, el verdadero sentido de la vida es el que queramos darle. Toda verdad es correcta, todo pensamiento es válido. No es problema ver las cosas como son. No encontraremos la plenitud en las opiniones de los demás sino en los rincones de nuestra conciencia. Ahora, más calmado, aquel señor de bata blanca que escudriñó mi mente ya no me da miedo. Lo encuentro hasta sabio. Cierro los ojos, solo quiero dormir. Estoy tan cansado, tan confuso… ¿y si ese doctor ha sembrado alguna especie de simiente en mí? ¿Algo que comienza a brotar? No lo sé. Me duermo. 
  Me despierto, me calzo las zapatillas de toalla y me voy a dar una vuelta por el recinto hospitalario. Me cruzo con mucha gente pero parezco invisible. Camino, divago errante por este hospital lleno de vida y muerte. De alegría por nacer o sanar. De tristeza por del “no tiene cura” o por morir. Llego al pabellón de pediatría. Vaya, es aquí donde se viene al mundo. Quizá yo nací en este mismo hospital donde años después ingresé medio muerto. Pienso que he llevado tan lejos mi experiencia que me pregunto si tengo derecho a estar aquí. Llego a la altura de una gran superficie diáfana separada por cristaleras. Ahí están: los neonatos. Decenas de ellos en sus cestitas, esperando regresar con sus padres y madres. Unos lloran, otros duermen. Todos esos cuerpecitos que pronto serán insertados a la vida como una pieza más. Esa idea casi me hace desvanecer en el suelo. Me apoyo en la cristalera, aprieto la mano contra mi frente. Se me acercan dos personas, dos chicos mayores que yo. ¿Estás bien?, me preguntan. Sí, no es nada, les respondo. Uno de ellos me pone la mano en el hombro y la constriñe. Noto su cariño sincero, su calor humano, algo que ya era ajeno a mi recuerdo. No sé cómo, pero me pongo a llorar, luego él me abraza sin decirme nada, y ese abrazo aún me hace llorar más. Y lloro, lloro todo lo que no había llorado en años. Lloro cada fotograma de mi vida. Desde que nací hasta ahora, lo lloro todo. Pasados unos minutos que me parecen infinitos mi llanto cesa. Me separo, el chico tiene el hombro de su camisa empapado por mis lágrimas. Lo siento, les digo, no sé qué me ha pasado. Tranquilo, no te preocupes, tienes todo el derecho a desmoronarte; a llorar, me dice el otro. Qué majos, me digo a mí mismo. Me distancio de ellos un poco para verles en su conjunto. Ellos se dan la mano y me miran. Me llamo Teo, digo. Yo soy Oscar, y yo Marc, me dicen. El universo entero se resumió en ese momento, en ese lugar. ¿Quiénes eran esas dos afectuosas almas? Oscar y Marc. Marc y Oscar. Que hacéis aquí, les pregunto. Acabamos de ser padres. Mira, Teo, ¿ves la cuna número 34? Sí, respondo. Pues es nuestro bebé. ¿Cómo puede ser? No es posible, digo yo. Sí, ha sido un milagro. Jamás pensamos en la posibilidad de que nos otorgaran un bebé recién nacido. Somos pareja y llevamos 7 años en lista de espera. A las parejas gays, el sistema, no nos lo pone fácil, zanga Marc con un poso de resignación. Teo ve cómo Marc y Oscar miran a través del cristal a su hijo. La ilusión que se dibuja en sus caras ilumina también la oscura alma de Teo. Ellos han creado una familia. Hay otras realidades, otros modelos de familia. Me despido de ellos, nos fundimos en un abrazo los tres. Les deseo lo mejor, ellos me desean que me recupere, aunque lo que han querido decir en realidad es que desean que me encuentre. No hacen falta las palabras.
 
Capítulo tres: Teo no va a ningún puto sitio
Regreso renqueante a mi habitación. Me estiro en la cama. Una extraña tranquilidad me embriaga. Cierro los ojos y mis pensamientos me visitan sin dolerme. Serenos, van asomándose por mi mente. Y hablo con mi Teo, mi Teo sincero, el que está encerrado cual Conde de Montecristo. Teo, ¿quién es Teo? Yo no pedí ser Teo, nadie me preguntó quién quería ser en realidad. He sido toda la vida ese Teo al que todos conocen. Me dijeron lo que tenía que hacer, pero nunca me dijeron en qué debía creer. Me dijeron que tenía que obedecer, que Teo debía de ir aquí y allá, que mucha gente creía en mí y seguían las inocuas aventuras del Teo que todos conocen. Pero nunca me dijeron por qué ni para qué. ¿Quién soy? ¿Qué se esperaba de mí? ¿Soy resultado de una necesidad colectiva de creer en algo, en una sociedad idílica donde no hay lugar para lo peor del género humano? 
  Todo es mentira. En una triste época en que todo lo verdadero se ha evaporado, las personas no hallan la verdad en sí mismas, sino que la añoran en los demás, y desesperadas por encontrar algo a lo que aferrarse malgastan su vital tiempo. 
  Me incorporo, tengo una visión nítida de mí mismo: los esquemas de la verdad que creía inalterable se me quiebran. En mi pasada vida del Teo que todos admiraban no había lugar para la imperfección, lo convencional y preestablecido nos daba seguridad a todos, era un mundo seguro. Pero era un mundo con un velo ante los ojos. Yo estaba en realidad muerto en vida, impertérrito ante todo. Ahora veo, ahora entiendo. He de desaprender lo adquirido, todo lo que llevo enquistado y que era ajeno a mí. Todo lo que me fue impuesto contra mi voluntad. He de hacer lo que es correcto para mí y no lo que sea correcto para vosotros. Lo siento, ese Teo con el que crecisteis no era de verdad. Y vosotros: ¿cuántas veces os habéis preguntado si lo que tenéis o lo que sois es verdaderamente lo que deseáis? Todos vosotros me lleváis dentro. Todos sois un poco Teo aunque no queráis reconocerlo. Pero, en el fondo, ese es con el Teo con quien os identificáis. El otro Teo era una falacia. El Teo que soy ahora habla de ti, de él, de todos. Y ahora, permitidme que siga mi senda sin deciros adónde voy o qué es lo que hago. Dejadme tranquilo y ocupaos de vuestras vidas. Pero antes dejad que os dé la mejor lección que os daré nunca, dejad que os enseñe a ser vosotros mismos. Ahora viviré mi propia vida para mí, sin que a nadie le importe. Y como una estrella o una galaxia, como un átomo o una célula, yo, Teo, estaré en Todo.   

 

 Tan solo deberás saber ver. Ver a ese Teo que también eres tú. ¿Dónde estoy ahora?   ¿Me ves? ¿Te ves?
 
Danny Romero Mas
6 de abril de 2019


Biografía de Danny Romero Mas
 
 
 
Danny Romero Mas nació el 2 de febrero de 1975 en Sabadell, Barcelona. Periodista, escritor, articulista, guionista y músico, alterna sus trabajos en distintos medios y proyectos. Un escritor pluralista, ecléctico y crítico, un artista de lengua sagaz, un mente inquieta y filósofo de nuestro siglo. Es fácil hallar a Danny arrellanado en la butaca de su rincón de pensar.
Después de Gang Bang 69 Relatos sin Piedad (Ediciones Dédalo 2017), publica Red Hot & Blues 70 relatos de lo insólito (Ediciones Boria 2018), que supone su segunda incursión y afianzamiento en el mundo literario.

 

 
 

 

 
 
A Danny hace tiempo que se le quedó pequeña nuestra dimensión (puede que de ahí su inquietud) y anda siempre buscando portales por los que trascender hasta otro tipo de hechos nada cotidianos. Puertas que nos llevan a otros tiempos, o a otros lugares sobre la misma baldosa, caminos por los que circulan voces, seres y objetos que atraviesan agujeros de gusano y de cuyos actos apenas quedará más registro que un rostro desencajado, atrapado para siempre en una camisa de fuerza.
Luis Sánchez Martín
Editor y escritor